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EL CANASTO

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Había una vez un campesino que vivía en un rancho, junto a su mujer, su hijo y su anciano padre, débil y enfermo, al que tenía a su cargo. Un día, cansado de atenderlo y cuidarlo, decidió deshacerse de él. Entonces, tomó al anciano, lo puso dentro de un canasto que había en la casa, y lo subió a un carro. El campesino, acompañado por su pequeño hijo, guió el carro hasta una solitaria y alejada montaña. Allí se detuvo, bajó el canasto con el anciano adentro y lo colocó junto a unas rocas, abandonándolo a su suerte y sabiendo que muy pronto el desdichado moriría de hambre y sed. Mientras el hombre iba hacia el carro, el niño, que había presenciado toda la escena, le dijo:

- Papá, te olvidas de llevar el canasto.

- El canasto era para trasladar al abuelo. Ya no lo necesitamos  -respondió el campesino-

El niño, mirándolo fijamente a los ojos, contestó:

- Te equivocas, papá. El canasto lo voy a necesitar yo para traerte hasta aquí, cuando seas viejo.

Sorprendido por semejante respuesta, sin decir una sola palabra, el hombre volvió sobre sus pasos, agarró el canasto con el anciano y lo subió nuevamente al carro. Dio la vuelta, y los tres regresaron al rancho.

La moraleja de esta historia es: “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”.

 

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